domingo, 23 de octubre de 2016

Historias de Madrid, la casa de las siete chimeneas

El Banco Urquijo había comprado en 1958 aquel curioso edificio, coronado por siete chimeneas y cargado de historias y leyendas. Los arquitectos José Antonio Domínguez Salazar y Fernando Chueca se habían encargado de realizar los planos de las reformas que se llevarían a cabo en él. Ahora ya solamente quedaban algunas cuadrillas terminando y retocando el interior.

El encargado de las obras se encontraba en una taberna cercana cuando uno de los operarios entró como poseído por el diablo.

—¡Señor, disculpe!

El ingeniero tragó el trozo de queso que masticaba.

—¿Ocurre algo?

—Verá, señor... ¡Hemos encontrado un cadáver emparedado en el sótano!

—¿Qué me dices?

El ingeniero se tomó de un trago el vino que le quedaba y se marchó a toda prisa.

—¡Mariano, apúntame el almuerzo, luego te lo pago!

Llegaron a la carrera y bajaron rápidamente al sótano, allí les esperaban cuatro o cinco obreros que miraban curiosos la pared. El capataz puso orden al ver aparecer al ingeniero.

—¡Venga, señores, a sus puestos! ¡Esto no es un circo!

—¿Qué habéis encontrado? —preguntó el recién llegado.

El capataz le señaló el muro.

—Estaban picando en esa pared cuando el muro ha cedido y nos hemos encontrado con una parte de este esqueleto asomando.

El ingeniero se quedó perplejo viendo aquel cuerpo momificado que asomaba por el muro.

—¡Vaya por Dios, lo que nos faltaba! A ver... Dejadlo como está. Hay que llamar a las autoridades y que sean ellas las que dictaminen lo que tenemos que hacer.

A la media hora aparecieron por las obras un comisario de policía y un forense. El ingeniero les mostró lo que habían encontrado. El forense hizo una primera identificación.

—Parece el cadáver de un varón, yo diría de unos cincuenta años.

—¿Es un cadáver reciente o lleva tiempo emparedado? —El comisario quería saber si habría que empezar a investigar un delito reciente.

—Por lo que puedo observar creo que lleva aquí más de cien años, al menos. Pero ya sabes que necesito llevármelo para realizar un estudio más profundo.

—Está bien. ¿Qué te hace falta?

—De momento, que un operario me ayude a terminar de desenterrar de la pared el cadáver. Luego ya me encargo yo de transportarlo a mi laboratorio.

El capataz se puso manos a la obra. Con mucho cuidado fue quitando el cemento y la arena que aún tapaban aquellos restos. El forense sacó de su funda de cuero una cámara, una Werlisa star negra y plateada con la que realizó varias fotografías. También dibujó un croquis a mano alzada de la posición en la que habían encontrado los huesos.

—¡Esto da un poco de angustia! —exclamó el capataz, que no estaba acostumbrado a desenterrar cuerpos.

—Eso ocurre solamente con los cien primeros que ves —contestó con sorna el forense.

Una vez que pudieron extraer el cuerpo, limpió los huesos con un cepillo y los introdujo cuidadosamente en un saco de tela.

—Bueno, creo que ya hemos terminado.

El comisario y el forense se despidieron del capataz.

—Echen un vistazo más a este sótano, no vaya a ser que se encuentren alguna nueva sorpresa —dijo el comisario mientras le entregaba al ingeniero una tarjeta.

—Si hay más novedades, llámenme.

El forense se llevó el cadáver a su laboratorio y comenzó con la investigación. Marcó el número de teléfono de un amigo que era cronista de la villa, quería saber algo más de aquel curioso edificio en el que se habían encontrado los huesos. Conociendo la historia, podría averiguar con más exactitud a quién pertenecía aquella osamenta.

—¿Rafael López?

—¡Al aparato! ¿A quién tengo el gusto de saludar?

—Soy Félix Hernando.

—¡Hombre, Félix! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué tal van tus cadáveres?

—Cómo eres... Van bien, van bien.

—Dime... ¿En qué puedo ayudarte?

—Pues precisamente te tengo que hablar de un cadáver. —El forense escuchó una risa al otro lado del teléfono—. He encontrado un esqueleto emparedado en el sótano de la casa de las siete chimeneas. Parece ser que la están reformando. ¿Conoces el edificio?

—¡No me ofendas... claro que lo conozco! No vayas a creer que soy cronista de la villa por enchufe. —Ahora el que se reía era el forense—. Déjame un par de días para rebuscar en mi biblioteca y me paso por tu despacho para hablarte de este edificio cargado de leyendas, seguro que te vas a llevar más de una sorpresa.

—Perfecto, te espero el jueves en mi despacho. Nos tomaremos un café.

—Hasta entonces.

Dos días después apareció en el despacho de Félix su amigo el historiador. El forense tenía depositado sobre una gran mesa cubierta con una tela negra el cadáver recientemente encontrado.

—¿Se puede?

—¡Por supuesto! —Los dos amigos se fundieron en un fuerte abrazo.

—Ya veo que tienes a tu amiguito ahí tumbado.

—Sí, ya ves... ¡No me da ninguna guerra y me come poco! Veo que vienes con una carpeta... ¿Has traído apuntes, o qué?

—¡Desde luego, ya me conoces! Además, es que de esta casa hay mucho que contar. ¿Conoces algo de la historia del edificio?

—No, nada, tan solo los comentarios de algunos obreros, ya sabes, historias de fantasmas... Me contaron que los vecinos aseguran que de vez en cuando se aparece una mujer en los tejados con un camisón blanco...

El historiador soltó una sonora carcajada.

—A eso precisamente me refería. La casa tiene muchas leyendas. Por cierto, ¿sabías que no es el único esqueleto que se ha encontrado emparedado?

—No tenía ni idea. ¡Cuenta, cuenta!

—Esta casa ha tenido infinidad de dueños desde su construcción. En 1881, el inmueble fue adquirido por don Jaime Girona Agrafiel, marqués de Estella para más señas, un financiero catalán que, junto con el marqués de Vinent, había fundado el Banco de Castilla. Compró la casa para instalar allí su sede madrileña. Al igual que ahora, durante las obras de reforma del edificio apareció el esqueleto de una joven emparedada. Cuentan que se encontró a la momia con un puñal atravesándola y una bolsa con monedas de oro de la época de Felipe II.

—Curioso. Lo investigaré. Seguro que ese esqueleto se conserva en algún hospital. Dices que se encontraron monedas de la época de Felipe II, pero... ¿de cuándo es esta construcción?

—¡Muy antigua! Este edificio es uno de los pocos que quedan en pie de la época de Felipe II. A ver, te cuento..., aquí se mezcla la documentación histórica con la leyenda, pero en algún antiguo libro he leído que esta casa la mandó construir Felipe II como regalo a una de sus amantes.

—¿A una de sus amantes? ¿Qué pasa, tenía varias?

El historiador sonrió:

—Más de una y más de dos. ¡Eran otros tiempos! Bueno... déjame continuar.

—¡Espera! ¿Te apetece que nos suban un café?

—No estaría mal, porque hay mucho que contar.

El forense mandó a su ayudante a la taberna de la esquina para que subiera dos cafés y algunas pastas.

—Como te decía... Al parecer, la rumorología cuenta que Felipe II se enamoró de una bella joven, la hija de uno de sus secretarios. Como premio por sus favores construyó esta casa en 1574. Se dice que hasta el arquitecto Juan de Herrera participó en el diseño del elegante edificio. Aquella relación había que esconderla y el rey presentó a la joven a un apuesto oficial de su ejército, el capitán Zapata, que se casó con ella. El rey quería así disimular. Lo curioso es que a los pocos días llamaron a filas al capitán, que tuvo que partir al frente para combatir en Flandes en la famosa batalla de San Quintín, donde casualmente perdió la vida.

—¿Tú crees que aquella muerte fue planeada?

El cronista de la villa sonrió:

—Yo soy historiador y, como tal, necesito pruebas. En este caso no encontramos ningún documento que hable de conspiración ni de nada parecido.

El joven ayudante entró con los cafés y las pastas, interrumpiendo por unos segundos la conversación. Al poco tiempo los dos amigos volvieron a quedarse solos.

—El rey se las prometía felices, pero con lo que no contaba era con que su joven amante se hubiera enamorado perdidamente del apuesto capitán fallecido. Aquella hermosa mujer jamás perdonó al monarca que apartara de su vida a su marido, y se encerró en casa, atormentada por la reciente pérdida. Dejó de comer y dicen que se volvió loca, que vagaba por la casa en camisón con la mirada perdida. Lo cierto es que una mañana apareció muerta, unos dicen que se suicidó, otros que la asesinaron cumpliendo órdenes de Felipe II. Lo más curioso de todo es que su cadáver desapareció y nunca más se supo de ella.

—¿Crees que es el esqueleto que apareció con las monedas?

—Creo que sí, pero repito, querido amigo, que yo si no lo veo no lo creo. También puede ser que el cadáver que tienes sobre la mesa sea el de su padre, que igualmente desapareció.

—¿Y eso?

—La leyenda cuenta que se suicidó y, como bien sabes, en aquella época a los suicidas no se les enterraba en los cementerios cristianos. Muchos cadáveres han aparecido emparedados precisamente para ocultar una muerte tan indigna.

—Vaya una historia curiosa...

—Sí, por eso, a partir de ese momento, comenzó a extenderse la leyenda de que algunas veces se veía en el tejado a una joven vestida con un camisón blanco, dicen que reclamando venganza. Hay crónicas que aseguran que el primer testigo de la fantasmagórica aparición fue un agricultor que regresaba con su mula del campo cuando ya había anochecido. El hombre se quedó aterrorizado con aquella joven en camisón caminando por el tejado.

El forense terminó el café de un trago. La historia le había dejado tan impresionado que no probó las pastas.

—Pero esto no es todo...

—¿Aún hay más?

—Sí, porque la casa fue pasando de mano en mano. La llegó a comprar un curioso personaje llamado Francisco de Sande, que sería gobernador de Filipinas. Como estaba la mayor parte de su tiempo en las Américas, la propiedad se alquiló a numerosas personalidades, entre otros al marqués de Mondéjar, al duque de Maqueda e incluso a Gaspar Alonso de Guzmán, duque de Medina Sidonia. Después llegarían diversos embajadores, hasta que en 1759 acogió a otro de sus inquilinos más famosos: el marqués de Esquilache.

—¡Venga ya...! ¿En serio?

—Todo lo que te estoy contando está documentado. —El historiador comió un par de pastas, terminó el café y se dispuso a continuar—. Como bien sabes, cuando Carlos III llegó a España procedente de Nápoles lo hizo acompañado de varios de sus colaboradores, entre ellos Esquilache, al que nombró secretario de Estado de Hacienda. Esquilache hizo grandes cosas en Madrid, pero también se ganó un buen número de enemigos que consiguieron, tras el célebre motín que lleva su nombre, que el rey lo mandara de regreso a Nápoles. Se cuenta que el pueblo de Madrid se dirigió a su «casa de las siete chimeneas» y que, al no encontrarlo allí, destrozaron todo lo que encontraron a su paso. Lanzaron los muebles y enseres por los balcones y quemaron todo cuanto poseía la familia. Durante la revuelta, siempre según la leyenda, los amotinados asesinaron a uno de sus mayordomos. Es posible que también pudiera ser el esqueleto que estás investigando.

—¡Vaya historia que tiene la famosa casa. No me extraña que hayas tardado dos días en reunir la información! Una pregunta... ¿Lo de las siete chimeneas?

—De nuevo remitiéndonos a la leyenda, se dice que representan los siete pecados capitales. Aunque la primera constancia de las chimeneas no la tenemos hasta 1631. Por cierto, mira este plano que te he traído. —El historiador abrió la carpeta y sacó un plano bastante gastado—. Es una copia de un plano de Pedro Texeira de 1656 en el que aparece la casa. ¿La ves?

—Sí, qué curioso.

—Mucho más sorprendente es si cuentas las chimeneas dibujadas en el plano. —El forense acercó una lupa al mapa.

—Una, dos, tres... —contó hasta ocho—. ¿Ocho?

—Sí, no se sabe si fue un error del cartógrafo o si, con alguna de las reformas, una de las chimeneas se eliminó.

—¡Estoy realmente impresionado! ¿Ha sido algo más esta famosa casa?

—Ha tenido muchos inquilinos. Ten en cuenta que es uno de los pocos edificios que aún se conservan de la época de Felipe II. En ella, como te he contado, vivieron varios marqueses y embajadores... Por ejemplo, durante la dictadura de Primo de Rivera fue sede de un club denominado Lyceum Club Femenino, con socias tan importantes como María de Maeztu. Después de la Guerra Civil pasaría a manos de la Falange y más tarde llegó a albergar en su interior la fábrica de Maizena, otra de productos de perfumería, y ahora... ¡Un banco!

—Realmente me has dejado impresionado. Ya entiendo por qué eres oficialmente el cronista de la Villa y Corte —el historiador sonrió.

—¿Por fin te das cuenta de que mi cargo no se debe a los enchufes?

—¡Por fin me lo creo! ¿Me permites que te invite a comer? Creo que te lo has merecido.

—¡Por supuesto! ¿Dónde vamos?

—¿Te gustan los callos?

—¿Y se lo preguntas a un madrileño?

—Sí, es verdad, la duda ofende. ¿Conoces Casa Perico, en la calle Ballesta?

—No lo conozco.

—¡Pues vas a saber lo que es bueno. Venga, vámonos antes de que se nos aparezca algún fantasma!


ALGUNOS DATOS DE INTERÉS:

La casa de las siete chimeneas se encuentra en la plaza del Rey, en la bifurcación de las calles Infantas y Barquillo. En la actualidad, el edificio pertenece al Ministerio de Cultura.

Fuente: Las rutas del Misterio, el Madrid Oscuro de Alberto Granados

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