Colombiana y universal, aparentemente ingenua y profundamente analítica, la obra del colombiano Fernando Botero ha merecido un reconocimiento unánime. Artista de formación autodidacta, en su pintura se pueden rastrear las influencias de su etapa florentina, especialmente en el recurso a modelos de inspiración renacentista (le influye la obra de Ucello y de Piero della Francesca). Mucho más acorde con su carácter y sus raíces, hay también en su obra una fuerte presencia de la pintura colonial y popular de la Colombia del siglo XIX, además de la influencia de la escuela muralista. En el esmero preciosista de su técnica pictórica se encuentra la presencia de los grandes pintores del barroco español y la fuerte personalidad de Goya.


Desde finales de la década de 1950, Botero fue "engordando" sus volúmenes y desalojando fondos y perspectivas ante el arrollador e incontenible ímpetu de aquéllos. Se vale de una pincelada cada vez más refinada y de un dibujo "pictórico" en cuanto moldea la forma en lugar de delimitarla, estableciéndose al mismo tiempo como un sensible y rico colorista. "Posteriormente, su pincelada -en un principio enfatizada y concreta, permitiendo entrever la estructura del cuadro- va haciéndose menos notoria, al tiempo que sus figuras, objetos y frutas van adquiriendo una opulenta sensualidad, no sólo con la amplificación sino con la aplicación cuidadosa y delicada del pigmento. Sus perspectivas son a veces arbitrarias, como lo es la escala de las figuras, que varía de acuerdo a su importancia temática y compositiva", escribió Eduardo Serrano.
La polémica sobre lo feas y grotescas que pudieran parecer las figuras de Botero se ha ido disipando con los años. En cuanto a la cuestión caricaturesca, el pintor dijo: "Deformación sería la palabra exacta. En arte, si alguien tiene ideas y piensa, no tiene otra salida que deformar la naturaleza. Arte es deformación; mis temas son satíricos a veces, pero la deformación no lo es, pues yo hago lo mismo con las naranjas y los plátanos y no tengo nada contra esas frutas".
Botero es un artista plenamente latinoamericano. "Soy el más colombiano de los artistas colombianos, aun cuando he vivido fuera de Colombia por tanto tiempo". Sus grandes temas siempre han tenido la presencia del país. Cuando no pinta a Colombia de manera física (pueblos, montañas, banderas y bares) o cultural (vírgenes, santos, presidentes, prostitutas, monjas o militares), se la puede intuir incluso dentro de sus versiones de las grandes obras de la pintura universal. Trabaja a partir de un mundo conocido y recordado, pero en él aparecen y suceden muchas cosas maravillosas: la composición sobre un fondo color vino de ocho prelados amontonados unos sobre otros como si fueran frutas de un bodegón, del óleo Obispos muertos (1965); la desmesurada desproporción entre la diminuta primera dama y el gigante militar, con una minúscula taza, del óleoDictador tomando chocolate (1969); la presencia de una babilla y una serpiente en el piso de la sala, del carboncillo Familia con animales colombianos (1970)."


Convertido ya en uno de los artistas vivos más cotizados del mundo, Botero no ha dejado nunca, sin embargo, de alzar la voz contra la injusticia y de mantener su arte en línea con la realidad histórica y social. Sirve para ilustrarlo una de sus más recientes series pictóricas, la que realizó sobre las torturas cometidas por los marines en la cárcel iraquí de Abu Ghraib (2003), en el marco de la ocupación norteamericana de Iraq. Presentada en 2005 en el Palacio Venecia de Roma, la fuerza turbadora de esta colección de cincuenta lienzos atestiguó además que el pulso y la creatividad del artista no ha menguado en absoluto con los años.
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