miércoles, 20 de abril de 2016

Dos famosos nacidos el 20 de abril de 1893

Harold Lloyd

Nació el 20 de abril de 1893 en Nebraska. Desde muy pequeño se sintió atraído por el mundo del teatro. Empezó a trabajar con doce años e hizo de todo: acomodador, vendedor de caramelos, encargado de atrezo, ayudante del director de escena... Sus primeros trabajos en Hollywood fueron como extra pero enseguida, junto con su amigo y luego socio Hal Roach, empezó a rodar sus propias películas. Al principio sus personajes eran meras copias de los que hacía Chaplin pero finalmente dio con su propio héroe. Un tipo con unas gafitas redondas y lleno de ingenuidad. Un hombre como muchos otros que había entonces por las calles. Harold Lloyd no viste ropas raras, ni sombreros estrafalarios, ni anda de una forma chocante como Charlot. Tampoco creó un personaje serio y triste al estilo de Buster Keaton. "Él quería que el público le identificara con su hermano, su tío, su vecino, su novio. Pretendía hacer cosas que pudieran ocurrir realmente y que fueran divertidas", recordaba su nieta Susan.



Fue uno de los más grandes en la época del cine mudo. Rodó más de 150 películas y sin embargo, durante mucho tiempo, el nombre de Harold Lloyd permaneció en un segundo plano, eclipsado por los de Charles Chaplin o Buster Keaton. Una de las razones, según explicaba hace unos años su nieta, Susan Lloyd, es que sus films no se vieron tanto por televisión como las de otros cómicos. "Él era el propietario de todas sus películas, tenía el copyright, y no vendía los derechos porque no le gustaba que las interrumpieran con publicidad. Era un hombre que había cuidado mucho el ritmo de sus películas y no soportaba que las cortaran donde les daba la gana. Lo odiaba".

Pero Harold tenía algo más. Era un hombre muy ágil y un gran acróbata. En muchas de sus películas le vemos sorteando coches por las calles o haciendo equilibrios en las alturas de los edificios. El espectador sufría y se reía viendo cómo estaba a punto de caerse de un andamio o colgado de las agujas de un gran reloj en un rascacielos, como en uno de sus films más famosos, El hombre mosca.

En los rodajes se jugaba literalmente el físico. Un día de 1919 le estalló en plena cara un pequeño artefacto que había preparado el equipo de efectos especiales. Perdió dos dedos de la mano y muchos pensaron que su carrera como actor había terminado. Pero no fue así. El accidente le dio incluso más fuerza y ánimos para convertirse en el mejor cómico. Le acercó aún más, si cabe, al hombre de la calle, ése al que siempre le ocurren cosas y sale adelante; el que asume sus problemas y dificultades y que al final de la película conquista a la chica, al amor de sus sueños.

Lo que no consiguió el accidente sí lo logró en cambio La Gran Depresión y, sobre todo, la llegada del sonoro. Rodó algunas películas en las que el público pudo oír su voz pero ya nada fue lo mismo. En 1938 se retiró del cine. Solo regresó una vez más, en 1947, de la mano de Preston Sturges en un largometraje titulado El pecado de Harold que fue un gran fracaso. Murió el 8 de marzo de 1971 en su casa de Beverly Hills. Pero sus películas siguen estando ahí y gracias a ellas podemos ver siempre a ese hombrecillo que mantiene el equilibrio contra viento y marea. Está a punto de caerse pero no, Harold Lloyd consigue agarrarse a algo en el último momento. Y el espectador suelta un suspiro de alivio y una sonora carcajada.



Joan Miró

Nacido en Barcelona el 20 de abril de 1893. Pintor, escultor, grabador y ceramista español. Estudió comercio y trabajó durante dos años como dependiente en una droguería, hasta que una enfermedad le obligó a retirarse durante un largo periodo en una casa familiar en el pequeño pueblo de Mont-roig del Camp.

De regreso a Barcelona, ingresó en la Academia de Arte dirigida por Francisco Galí, en la que conoció las últimas tendencias artísticas europeas. Hasta 1919, su pintura estuvo dominada por un expresionismo formal con influencias fauvistas y cubistas, centrada en los paisajes, retratos y desnudos.

Ese mismo año viajó a París y conoció a Picasso, Jacob y algunos miembros de la corriente dadaísta, como Tristan Tzara. Alternó nuevas estancias en la capital francesa con veranos en Mont-roig y su pintura empezó a evolucionar hacia una mayor definición de la forma, ahora cincelada por una fuerte luz que elimina los contrastes. En lo temático destacan los primeros atisbos de un lenguaje entre onírico y fantasmagórico, muy personal aunque de raíces populares, que marcaría toda su trayectoria posterior.

Afín a los principios del surrealismo, firmó el Manifiesto (1924) e incorporó a su obra inquietudes propias de dicho movimiento, como el jeroglífico y el signo caligráfico (El carnaval del arlequín). La otra gran influencia de la época vendría de la mano de P. Klee, del que recogería el gusto por la configuración lineal y la recreación de atmósferas etéreas y matizados campos cromáticos.



En 1928, el Museo de Arte Moderno de Nueva York adquirió dos de sus telas, lo que supuso un primer reconocimiento internacional de su obra; un año después, contrajo matrimonio con Pilar Juncosa. Durante estos años el artista se cuestionó el sentido de la pintura, conflicto que se refleja claramente en su obra. Por un lado, inició la serie de Interiores holandeses, abigarradas recreaciones de pinturas del siglo XVII caracterizadas por un retorno parcial a la figuración y una marcada tendencia hacia el preciosismo, que se mantendría en sus coloristas, juguetones y poéticos maniquíes para el Romeo y Julieta de los Ballets Rusos de Diaghilev (1929). Su pintura posterior, en cambio, huye hacia una mayor aridez, esquematismo y abstracción conceptual. Por otro lado, en sus obras escultóricas optó por el uso de material reciclado y de desecho.

La guerra civil española no hizo sino acentuar esta dicotomía entre desgarro violento (Cabeza de mujer) y evasión ensoñadora (Constelaciones), que poco a poco se fue resolviendo en favor de una renovada serenidad, animada por un retorno a la ingenuidad de la simbología mironiana tradicional (el pájaro, las estrellas, la figura femenina) que parece reflejar a su vez el retorno a una visión ingenua, feliz e impetuosa del mundo. No resultaron ajenos a esta especie de renovación espiritual sus ocasionales retiros a la isla de Mallorca, donde en 1956 construyó un estudio, en la localidad de Son Abrines.

Entretanto, Miró amplió el horizonte de su obra con los grabados de la serie Barcelona (1944) y, un año después, con sus primeros trabajos en cerámica, realizados en colaboración con Llorens Artigas. En las décadas de 1950 y 1960 realizó varios murales de gran tamaño para localizaciones tan diversas como la sede de la Unesco en París, la Universidad de Harvard o el aeropuerto de Barcelona; a partir de ese momento y hasta el final de su carrera alternaría la obra pública de gran tamaño (Dona i ocell, escultura), con el intimismo de sus bronces, collages y tapices. En 1975 se inauguró en Barcelona la Fundación Miró, cuyo edificio diseñó su gran amigo Josep Lluís Sert.



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